No quería perderme de escribir algo respecto a esta propuesta que hice un año atrás. Septiembre, mes de los sueños. Y es verdad –en cierta forma-, llega esta época y algo adentro mío me hace dar ganas de bailar, de reír, de cantar, de saltar, de ser feliz por sólo respirar profundo… Pero vayamos a lo que vinimos: SUEÑOS.

Hace un año atrás hablé de “sueños” y hablé de dos tipos de sueños. De los que atañen al mundo onírico, y de los que pertenecen a los deseos profundos de cada quien. Hoy, quiero hablar un poco de los dos, porque mientras Sueño o el Hombre de Arena (Sandman) esparce su mágico polvo entre los pobladores de ciudades nocturnas para adormecerlas, el cielo se muestra estrellado, y las estrellas…

Así como tengo esa divertida obsesión por buscar tréboles de cuatro hojas –en cuanto veo un montoncito de tréboles no puedo evitar detenerme a buscarlos-, tengo la costumbre, manía –u otra obsesión- de buscar entre las estrellas, alguna que se fugue del firmamento y se vista con cola de novia. Noches oscuras, con luna nueva, noches de viajes, en rutas donde no existe contaminación lumínica urbana, noches de campamento y de vida silvestre… o un apagón general en una ciudad. Es hermoso mirar hacia arriba cuando es noche, y permanecer viendo las estrellas. Unas con luces más azules, otras con llama roja, algunas amarillas, la mayoría con luz blanca como luna, diferentes tamaños, diferentes formas y agrupaciones. Las estrellas crean un arte difícil de no apreciar.

Pero lo más bello… esa estrella que cae como paracaidista, como un relámpago, como un ave herida. En la cultura japonesa se cree que cuando una estrella cae, es porque alguien ha muerto, y a la vez, que desde las estrellas nos miran las personas queridas que han fallecido. Cuando era muy pequeña, recuerdo… –o creo recordar, tal vez fue un sueño que tuve, tal vez un cuento que me contó un hada- recuerdo que estábamos en un lugar con árboles, al aire libre. Era de noche y el cielo estaba maravilloso, oscuro, negro, como un manto fino y elegante. Estábamos ahí un par de niños, entre ellos mis hermanos y yo, y también mi mamá y algunos adultos más. No sé qué hacíamos, pero recuerdo que vimos caer una estrella fugaz, y quisimos ir a buscarla. Creo que los mayores no nos dejaron o que al cabo de unos minutos desistimos de la búsqueda, lo que recuerdo es que en ese entonces no sabía ni el tamaño ni la forma de lo que buscaba… ¿Cómo era una estrella caída? ¿Sería tan brillante como lo era en ese manto negro que nos miraba desde arriba? Si así fuera, la encontraríamos rápido, pero no fue así. Pensé que alguien más ya la habría encontrado, porque no se divisaba ninguna fuente de luz de estrella entre los árboles. Unos meses después, recuerdo, “comprendí” que las estrellas, una vez caen a la tierra, son besadas por las olas del mar, quien les crea cinco patas y le da esa forma pentaestrella que todos conocemos.

Volviendo al tema, también se dice en Japón que al ver una estrella fugaz, si se repite tres veces un deseo antes de que la estrella se desvanezca, el deseo se cumple. He buscado miles y miles de estrellas fugaces, y he pedido decena de veces deseos a las estrellas… pero es difícil, en ese lapso en que uno está absorto por la sorpresa y la maravilla de una estrella fugaz, repetir tres veces el deseo, antes de verla desaparecer.

Sé que una vez, una sola vez, logré pedir mi deseo tres veces antes de su desaparición… fue como un impulso que hizo mi cuerpo por sí mismo, yo no pensaba en las palabras que se formulaban para mi petitorio… era un sueño muy íntimo, muy mío, muy profundo, muy querido… creo… creo que ese deseo se está cumpliendo con el paso del tiempo, a paso lento, como la vida de las estrellas, pero de a poco…

¿Y ustedes? ¿Han pedido alguna vez a alguna estrella vestida de novia, que les conceda un deseo antes de su olímpica caída?

Eu... Eh, vos, levantate... ¡Ey!, ¿hola? ¿me escuchás? ¡Acá! Levantate, 
¡vamos! Vení, vamos ffffffueeeerzaaaaaaa y ahí está... no, no... no te 
caigas. Ahí, bien, eso. Ahora el otro pie... genial. Estamos joya. Ahora
¿hacia dónde?, allá no, seguro. ¿Para dónde vamos?... ¿Hacia el horizonte?
Bueno, dale, vamos para allá. ¿Sabés? Tenía ganas, muchas ganas, pero no 
creí que se me diera la oportunidad justo ahora. Me hace muy feliz, de 
verdad. Decime, ¿cuánto vamos a andar?, no, perdón ¿cuánto vas a andar?... 
Ah, ajám... Me parece genial, me alegra muchísimo tu entusiasmo, ese brillo 
en tus ojos, esa sonrisa en tus labios, la energía que tenés ahora -no es 
la de hace un rato-, me gusta tu andar, con ritmo, la sutileza de tus manos
para gestualizar, la mirada tibia y penetrante, el tono seguro de tu voz, 
el apretón de manos con tanta confianza, el optimismo, tu decisión... 



¿Yo? No sé, me hace bien, me hacés bien, es lindo saber que a una le 
necesitan ¿no?, sentirse importante... Pero aún así, me gusta estar cuando 
soy imprescindible, sólo en esos casos, hay muchas manos que dar y uno no 
puede estar en todos lados, no, para nada. ¿A qué me refiero? Bueno, soy 
una sola, y son muchos los demás. Te preguntaba cuánto ibas a andar, porque 
sé que en algún rincón voy a doblar a buscar a alguien más antes de ir al 
horizonte. No me basta con darte una mano sólo a vos, hay muchos más allá, 
quiero verlos a todos en algún momento, bailando y cantando en aquel 
horizonte. Sí, se trata de sueños. Quiero regalar una esperanza y un sueño, 
y un proyecto que se deduzca de este último. Y una vez empiece a marchar, 
ya sé que es hora de empezar otro viaje, otra aventura: la vida es un 
desafío. Sí, lo sé. Tal vez es este infinito que llevo adentro. Por eso sueño con 
Tol Eressea, no es por otra cosa, estoy segura que es por eso. Pero bueno, 
es mi sueño, y tiene un precio. Estoy bien dispuesta a pagarlo. Además, así 
se empiezan historias a cada rato y amo estrenar momentos. Por cierto, La 
Vida pasa de momento. Por eso, aunque ande a veces medio jodida... 
te regalo esta canción, para que me entiendas: 
mira tu, la vida puede sorprenderte mucho mas
que 100 años que pases en el mismo lugar
creyendo que lo has visto to y no has visto na, y no sabes na.
...
fijate tu, tanto y tanto como ando yo de aqui pa allá,
casi siempre tonteando y sin adivinar,
que esto dura lo que dura y hay que aprovechar.
...mira...
de momento, la vida pasa de momento...
de momento, aquí es todo de momento...
de momento, la vida pasa de momento...
...
yo se bien,que tengo que luchar para sobrevivir,
que nadie sera el dueño de mi porvenir,
tan solo yo quiero saber que puedo ser,y proceder,
puede ser, que viva de ilusiones que yo fabrique,
que tenga en los bolsillos solo arena y fe,
pero del aire no me puedo alimentar,y esa es la verdad
y aquí estoy, jodido por este camino que escogí,
pero vale la pena llegar hasta el fin,
hay que sentir la magia del amanecer, para crecer,
pero se, que aun me quedan lagrimas por derramar,
sera el precio que pague por mi libertad,
quiero sentir que hice hoy lo que de verdad soñaba,
no quiero ser, alguien que se torture cada día mas,
que lo tuvo en sus manos y dejo escapar,
lo que te da la vida, también te roba el alma.
...
de momento, la vida pasa de momento....
de momento. Aquí todo es de momento...
de momento, la vida pasa de momento...
 Los Aslándicos.

 

¿Lo ves? Lo que me falta... sí, lo que me falta es frotarme las patitas,
como las moscas: no quedarme pegada. Pero eso... supongo que se aprende 
con el tiempo ¿no? Lo que quiero... es vivir intensamente el momento, el 
preciso instante de Vida en que me encuentro... Aquí, Ahora, Este Momento. 
Es precioso. Y gracias, me gusta compartirlo, y me gusta que sea con vos. 
Pero no malinterpretes, aún no es hora, pero pronto llegará. ¿Me 
escribirás cartas? Una vez cada muerte de obispo está bien, para ese 
entonces estaré en otra historia mágica, me necesitarás mucho menos y yo 
a vos. La Vida es hermosa. Todo va a estar bien.


Ahora, adelante. No te vuelvas a verme, no tiembles, no te quedes. Que si 
te encuentro otra vez a orillas del camino te voy a dar una palmada en el 
hombro y de seguro un buen abrazo, pero espero verte allá, en el horizonte... 
tal vez tropieces, sí. Así lo dice tu nombre, ¿no? es parte del ser humano. 
Pero ansío que no te rindas nunca. Te lo encomiendo. Que seas feliz, es lo 
que más feliz me haría.


Por eso, seguí. Porque necesito que vos, parte de mi vida, sigas 
caminando, para darme fuerzas para seguir. Necesito que camines, que 
llegues a tu horizonte. Te sigo necesitando aunque esté a cien años luz 
de vos, te sigo queriendo ver feliz aunque no te vuelva a ver en más de 
mil años. Mi querido... Nos sentimos, te espero más allá del Occidente, 
más allá del Mar Grande... Te espero en Tol Eressea, desde mi paraíso te 
quiero ver siendo feliz en el tuyo.

¡Felicidad! Y salud para disfrutarla.

 

Mirás las cortinas bajas, la habitación callada, el frío calarte hasta los huesos, el cielo vacío, las cortinas oscuras, la luz que no existe… y de repente un vacío.

Mirás para un lado y otro, las cortinas están cerradas, y las puertas sencillamente no existen. Espejos que dan al otro lado, al otro mundo, al mundo al revés, a algo extraterrestre. Tal vez, a veces, a blancas torres y repiques de campanas… Del otro lado del espejo…

Y ahogás el grito en el silencio tumbado. Te levantás con fuerzas, y las piernas se desmoronan debajo de tu sentido de la percepción. La cabeza no gira, no piensa, no existe. El cuarto es una nube que tiembla en la nada, un continuo movimiento irritable y agotador que te lleva a recapacitar si estás despierto, o loco, o en sueños. Y cuánto desearías estar durmiendo. Durmiendo, durmiendo…

“Palabras, palabras” decía, mientras recorría velozmente las hojas de un libro sin mirarlas. “Palabras, palabras”. Estaba lleno de ellas y vacío de contenido. Las palabras sin contenido son la sal sin sal, el azucar no dulce, la mayonesa fanacoa (sin ofender).

Y quién dice, tal vez, un buen licor de dulce de leche permita olvidarse por un rato de ese mal trago, y a dormir. Mañana otro día. Mañana, otra noche. Tal vez, igual.

-No lo entenderías
-Me estás subestimando
-No lo hago, es que soy yo quien no podría explicarlo
-Vamos, siempre hay una manera
-Es que... es el infinito
-¿El infinito qué?
-El infinito
-De a poco, tenemos la palabra infinito. Ahora, ¿qué pasa con "el 
Infinito"?
-Eso. No sé. El vacío, el infinito.
-Bien, ya van dos palabras: vacío, infinito... ¿y con qué lo rellenás?
-No sé, eso es. ¿Hay que rellenarlo?
-¿Por qué no? ¿Mousse?
-No, no. Esperá. Respondé la pregunta. ¿Hay que rellenarlo?.
-Mmmm... y si al fin y al cabo, en algún momento dejará de estar lleno... 
-Estás rodeando la respuesta.
-Bueno, no. Creo que no es un deber, una exigencia. Pero sí, tal vez, 
una necesidad.
-La necesidad existe, sí. Pero uno puede rellenar el vacío con un vacío que 
sea incluso más grande, que lo rebalse.
-No, cada cual...
-No, no. Metafóricamente, hablando de vacío e infinito, sí se puede. 
-Sí, es cierto... pero ¿y?
-Y eso, ¿por qué no rellenar el vacío con un vacío que lo rebalse?
-¿Por qué sí? Si igual, el agua de ese vaso se va a evaporar alguna vez, 
¿por qué no mejor esperar a que llegue solo, y mientras, buscar otras alternativas?
-Porque tal vez nunca haya ningún buen mousse para eso.
-O tal vez sí.
-...
-Mejor...
-Mejor me quedo un rato más, a esperar la carroza.

 
Cinco siglos igual - León Gieco

Habrá que poner fin a estos siglos iguales, habrá que transformar la realidad para hacer de ella un momento ideal, un momento mágico de paz entre todos… Habrá que empezar por uno mismo a ser mejor persona, a pesar que los otros aún no tomen esa decisión. Habrá que dar ejemplos de vida para que muchos sepan que se puede. Habrá que unirnos y ser uno, y entender que somos uno, y respetarnos todos, a nosotros mismos que somos esa sola idea, ese mismo concepto. Habrá que tolerar, que amar, que entender, que comprender, que ser empático, querer ayudar, querer lo mejor para los otros y nosotros -que es lo mismo, pues somos uno-, habrá que… ¡poner manos a la obra desde este preciso instante!

América - José Luis Perales

Habrá que unirnos, porque al fin y al cabo, todos somos uno. Habrá que unirnos como continente primero, para después unirnos todos finalmente en un sólo cuerpo. Porque con la unidad se logra más que con la división.

A veces, encontramos en boca, en letras de otros, lo que más hondo de nuestro interior se halla…
Eso me pasó hoy a mí, cuando me mandaron una cadena de mail, que de no ser porque se trataba de Leonid Afremov, admirado pintor, no hubiese prestado atención. Me alegra que la vida me señalara ese archivo, me alegra haber encontrado en las letras de otro, lo que se encuentra en lo profundo de mí. Y me gusta poder hoy compartirlo con ustedes:



Voy a seguir creyendo, aunque todos pierdan la esperanza.
Voy a seguir dando amor, aunque otros siembren odio. 
Voy a seguir construyendo, aún cuando otros destruyan.
Voy a seguir hablando de paz, aún en medio de una guerra.
Voy a seguir iluminando, aún en medio de la oscuridad.


Y seguiré sembrando, aunque otros pisen mi cosecha
Y seguiré gritando, aún cuando otros callen.
Y dibujaré sonrisas en rostros con lágrimas.

Y transmitiré alivio, cuando vea dolor.
Y regalaré motivos de alegría, donde sólo haya tristeza.
Invitaré a caminar a aquel que decidió quedarse.
Y levantaré los brazos de los que se han rendido.

Porque en medio de la desolación 
siempre habrá un niño que nos mirará, 
esperanzado, esperando algo de nosotros;
y aún en medio de una tormenta
por algún lado saldrá el sol;
y en el medio del desierto, crecerá una flor.

Siempre habrá un pájaro que nos cante,
un niño que nos sonría
y una mariposa que nos brinde su belleza.

Pero... 
si algún día ves que ya no sigo, no sonrío o callo,
sólo acércate y dame un beso, un abrazo
o regálame una sonrisa...
con eso será suficiente.
Seguramente me habrá pasado
que la vida me abofeteó 
y me sorprendió por un segundo.


Sólo un gesto tuyo hará que vuelva a mi camino.
Nunca lo olvides...
Tréboles de cuatro hojas... Algunos dicen que significa, 
por cada pétalo: Amor, Felicidad, Esperanza y Suerte.
Algunos dicen, y yo creo, porque me ha pasado, 
que cuando encontrás uno, y lo perdés... 
en ese preciso instante en que lo "perdés", 
un duende se lo ha llevado para dejarte a cambio 
un sueño que anhelás con el corazón y el alma, cumplido.


Último día de Septiembre… ¿debería cerrar el tema con alguna conclusión, verdad…? Mmm… no, no es eso lo que decidí en realidad.

Cada una de las entradas que he ido publicando durante este mes -a veces con pensamientos o palabras propias, otras, tomando prestado obras ajenas a mí, pero que me tocaron y me parecieron interesantes compartir-, todas ellas tenían un mensaje distinto y completo para compartir, por lo que concluir algo ahora intentando sintetizarlo todo, sería vano. Estuve meditando qué escribiría hoy día, y creo haber hallado algo bueno: un sueño que se ha comenzado a forjar y realizar a medida que este mes “de los sueños” se sucedía.


Mi educación desde niña ha sido siempre muy servicial y optimista, llevándome a querer a la armonía con todo lo que me rodea… supongo que mucho se lo debo al escultismo y al amor y felicidad que me dieran mi familia y amigos. No sé bien cómo, en casa poco se creía de la magia de las cosas, más bien se apreciaba las ciencias y cosas comprobables. No entiendo cuándo, ni tampoco el por qué, pero siempre he sido buena con la imaginación y el optimismo y la fe en que todo es posible siempre me caracterizaron… Y a pesar de las dificultades… “el scout sonríe y canta en las dificultades”, recuerdo que más de niña me decía eso entre sollozos cuando las cosas me salían muy mal… y cantaba, al principio con voz ronca (a la vez que desafino), pero de a poco, cantando, me reía, sonreía, y me inventaba un sol que me guiara a la felicidad y el buen logro de lo que me había propuesto. “Sonreír”… tiempo atrás escribí unas palabras bajo el título “todos quieren que sonrías”… sí, ha sido mi meta, mi sueño, sonreír siempre, para ver si a los demás les entra la felicidad por fuera, porque regalar una sonrisa es un gesto verdaderamente hermoso, lo noto cada vez que me regalan una sonrisa, más cuando es un desconocido, la alegría, la paz, a veces, la felicidad que surge en esos momentos es estremecedora y bella… (sí, vale aclarar que tengo mis bajones, y esa entrada de la que hablo se dio en esos precisos momentos, escribir sirve para el desahogo)… Sonreír… ¿Cómo puede alguien que tiene que mantener a una familia y el dinero no le alcanza, sonreír? ¿Cómo puede alguien a punto de perder un ser querido, sonreír? ¿Cómo puede…?… Magia. Sí, MAGIA. No hay otra. La felicidad es eso: Magia. No necesita mucho, sólo apreciar el momento, disfrutarlo con toda el alma y el corazón… es todo lo que precisa la Magia, la Felicidad. Yo quiero…

Hace un tiempo le escribí a Carlos (revelado&rebelado.wordpress.com) por vez primera. Andaba mal de ánimos porque el mundo se me había venido abajo, y me puse a buscar algo bueno en un blog. No sé en realidad cómo llegué al suyo, sé que me enamoré de Cortázar leyendo “las babas del diablo” y creo que de ahí partió todo… incursioné más y más, y realmente me gustó mucho el blog, más que “gustar”, tenía un sabor especial. Así que no pude hacer menos que dejarme llevar por las ansias y el impulso y escribirle, en un mail, la admiración por su blog, y en ello, me intenté presentar un poco. Mis palabras exactas de quién soy fueron “Amante de lo claro y la poesía, enamorada del amor y de la vida, luchadora – tristemente – sin iniciativa para dibujar una sonrisa al mundo, para verle bailar y cantar desbordándose de alegría, soñadora y esperanzada de un mundo en sintonía con la magia y la felicidad. Apasionada por las letras y cualquier tipo de lenguaje: apasionada por la comunicación, por los lazos entre las personas, por entender, por comprender, y con sueños de tomar partida. Esa soy yo.” Como dije, mi mundo estaba sobre mis hombros y cada vez me pesaba más y más. Inciativas, de nada. Pero… ¿lo sueños? Ahí estaban. Ahí estaba: mi meta mayor, mi guía en cada uno de mis pasos, mi mayor anhelo, mi tesoro más preciado… MI SUEÑO. El sueño de “dibujar una sonrisa al mundo, para verle bailar y cantar desbordándose de felicidad y alegría” (sí, agrego porque la prefiero, la palabra felicidad, es más fuerte, más pura…). No tenía fuerzas, y por buen tiempo no las tuve… Este mes comencé diciendo que quería ser vendedora de sueños, dije que quería vender sueños… que por ello, este mes sería dedicado enteramente a escribir sobre ellos. Bien, así fue.


Escribí sobre los sueños en este blog, pero… no sólo eso. ¿Destino causal, Destino casual? ¿Inevitabilidad? Siempre me gustaron los tréboles, de niña me detenía de cuando en cuando a buscar uno de cuatro hojas (existe una especie que son todos de cuatro hojas, siempre me llevaba uno de la plaza, pero al ser todos de esa misma especia, carecía de validez mágica a mis ojos). Pero hace dos años atrás encontré el primer trébol de cuatro hojas (de la especie en que lo normal son tres). A los dos meses, hallé otro, y con el pasar del tiempo, encontré otros dos más. Este mes de Septiembre de seguro me será memorable. Llegué de repente, en el transcurso de una semana, a encontrarme 15 tréboles. Septiembre: mes de los sueños. No podía quedármelos todos yo, no tenía sentido. Cada vez que me encontraba uno, lo regalaba, a una amiga, a una compañera, a un vendedor de frutas y verduras, a unos desconocidos que pasaban por el parque… Fue increíble… MAGIA. Existe. La vi en sus ojos, en todos. MAGIA. Magia Pura. Esa fe en los sueños, de que “me va a cumplir un sueño”, “me va a traer suerte con esto y aquello”… Sí, no hay que creer necesariamente en duendes para saber que un trébol de cuatro hojas te va a cumplir un sueño, sólo hay que creer que se puede… ¿y adivinen qué? Se puede. Se pudo. Ya llevo dos de mis sueños enroscados cumplidos… No, no es por el trébol. Es porque creí que el sueño se podía realizar. Sí, tal vez creí eso porque llevaba conmigo un trébol de cuatro hojas, pero… ¿qué hizo el trébol por mí? tan sólo soplarme al oído que SE PUEDE REALIZAR TODO SUEÑO QUE YO ANHELE CON EL CORAZÓN. Tan simple como que me hizo… CREER QUE TODO SE PUEDE. Y se puede.


Vendí sueños, logré que un puñado pequeño de personas creyeran en la Magia y sonriesen… a pesar que las cosas en la vida andaban mal, un pequeño trébol les devolvió a algunos la chispa que se había perdido en sus ojos… Estoy cumpliendo mi sueño. Creo en él. Lucho por él. Porque es Mi Vida, porque es Mi Sueño. Y voy a Vivir el Sueño de Mi Vida.

¿Y ustedes? Acá les dejo un par de tréboles de cuatro hojas… ¿Se animan a Vivir el Sueño de su Vida?


La Vida es Sueño. El Sueño es Vida. Viví tu Sueño. Soñá tu Vida. Soñá tu Sueño. Viví tu Vida.

Sos el único dueño de tus Sueños. Sos el único dueño de tu Vida.

It’s your life!

ES MI VIDA | Bon Jovi
Esta no es una canción para los que tienen el corazón roto
Ni una plegaria silenciosa para la fe difunta
No voy a ser tan sólo un rostro entre la multitud
Vas a oír mi voz
Cuando lo grite bien alto

Es mi vida
es un ahora o nunca
porque no voy a vivir para siempre
Sólo quiero vivir mientras siga vivo
Es mi vida
Mi corazón es como una autopista abierta
Como dijo Frankie
Lo hice a mi manera
Tan sólo quiero vivir mientras siga vivo
Es mi vida

Esto es para los que se mantuvieron en pie
para Tommy y Gina que nunca se echaron atrás
El mañana cada vez es mas difícil no cometas fallos
la suerte a veces no tiene suerte
has de seguir tus propias pautas

Es mi vida
es un ahora o nunca
porque no voy a vivir para siempre
Sólo quiero vivir mientras siga vivo
Es mi vida
Mi corazón es como una autopista abierta
Como dijo Frankie
Lo hice a mi manera
Tan sólo quiero vivir mientras siga vivo
Es mi vida

Será mejor que estés de pie cuando te llamen
no te dobles, no pares, nena, no te eches atrás

Es mi vida
es un ahora o nunca
porque no voy a vivir para siempre
Sólo quiero vivir mientras siga vivo
Es mi vida
Mi corazón es como una autopista abierta
Como dijo Frankie
Lo hice a mi manera
Tan sólo quiero vivir mientras siga vivo
Es mi vida 

Luchá por tus sueños.

Un sueño no es un capricho, no es un deber, no es un dogma. Es “eso” que llevás dentro de tu alma que te empuja a vivir, que te llena, que te hace ser completo, que te motiva a vivir de verdad, a querer estar y sentirte vivo.  Es aquello que, al aferrarte a él, te anima a vivir. Tal vez es un respiro hondo frente al mar, tal vez es encontrar el amor verdadero, quizá, encontrar la verdadera amistad, dejar el mundo mejor de lo que lo encontramos… ¿quién sabe? tantos, tantos y tan distintos son los sueños… Sin embargo, en algo se asemejan, en algo se unen todos los sueños en uno: el poder de la fe que en ellos recae. Si creés, se puede. Sí, es cierto, si creés, si realmente lo creés y luchás por ello, se puede. Aunque te aferres a una hoja de hiedra, se puede.


LA ÚLTIMA HOJA –  O. Henry

En un pequeño barrio al oeste de Washington Square las calles, como locas, se han quebrado en pequeñas franjas llamadas “lugares”. Esos “lugares” forman extraños ángulos y curvas. Una calle se cruza a sí misma una o dos veces. Un pintor descubrió en esa calle una valiosa posibilidad. ¡Supongamos que un cobrador, con una cuenta por pinturas, papel y tela, al cruzar esa ruta se encuentre de pronto consigo mismo de regreso, sin que se le haya pagado a cuenta un solo centavo!

Por eso los artistas pronto empezaron a rondar por el viejo Greenwich Village, en pos de ventanas orientadas al norte y umbrales del siglo XVIII, buhardillas holandesas y alquileres bajos. Luego importaron algunos jarros de peltre y un par de platos averiados de la Sexta Avenida y se transformaron en una colonia.

Sue y Johnsy tenían su estudio en los altos de un gordo edificio de ladrillo de tres pisos. Johnsy era el apodo familiar que le daban a Joanna. Sue era de Maine; su amiga, de California. Ambas se conocieron junto a una mesa común de un delmónico de la calle ocho y descubrieron que sus gustos en materia de arte, ensalada de achicoria y moda, eran tan afines que decidieron establecer un estudio asociado.

Eso sucedió en mayo. En noviembre, un frío e invisible forastero a quien los médicos llamaban Neumonía empezó a pasearse furtivamente por la colonia, tocando a uno aquí y a otro allá con sus dedos de hielo. El devastador intruso recorrió con temerarios pasos el East Side, fulminando a veintenas de víctimas; pero su pie avanzaba con más lentitud a través del laberinto de los “lugares” más angostos y cubiertos de musgo.

El señor Neumonía no era lo que uno podría llamar un viejo caballeresco. Atacar a una mujercita, cuya sangre habían adelgazado los céfiros de California, no era juego limpio para aquel viejo tramposo de puños rojos y aliento corto. Pero, con todo, fulminó a Johnsy; y ahí yacía la muchacha, casi inmóvil en su cama de hierro pintado, mirando por la pequeña ventana holandesa del flanco sin pintar de la casa de ladrillos contigua.

Una mañana el atareado médico llevó a Sue al pasillo, y su rostro de hirsutas cejas se oscureció.

-Su amiga sólo tiene una probabilidad de salvarse sobre… digamos, sobre diez -declaró, mientras agitaba el termómetro para hacer bajar el mercurio-. Esa probabilidad es que quiera vivir. La costumbre que tienen algunos de tomar partido por la funeraria pone en ridículo a la farmacopea íntegra. Su amiguita ha decidido que no podrá curarse. ¿Tiene alguna preocupación?

-Quería… quería pintar algún día la bahía de Nápoles -dijo Sue.

-¿Pintar? ¡Pamplinas! ¿Piensa esa muchacha en algo que valga la pena pensarlo dos veces? ¿En un hombre, por ejemplo?

-¿Un hombre? -repitió Sue, con un tono nasal de arpa judía-. ¿Acaso un hombre vale la pena de…? Pero no, doctor… No hay tal cosa.

-Bueno -dijo el médico-. Entonces, será su debilidad. Haré todo lo que pueda la ciencia, hasta donde logren amplicarla mis esfuerzos. Pero cuando una paciente mía comienza a contar los coches de su cortejo fúnebre, le resto el cincuenta por ciento al poder curativo de los medicamentos. Si usted consigue que su amiga le pregunte cuáles son las nuevas modas de invierno en mangas de abrigos, tendrá, se lo garantizo, una probabilidad sobre cinco de sobrevivir en vez de una sobre diez.

Cuando el médico se fue, Sue entró al atelier y lloró hasta reducir a mera pulpa una servilleta. Luego penetró con aire afectado en el cuarto de Johnsy llevando su tablero de dibujo y silbando ragtime.

Su amiga estaba casi inmóvil, sin levantar la más leve onda en sus cobertores, con el rostro vuelto hacia la ventana. Sue la creyó dormida y dejó de silbar. Acomodó su tablero e inició un dibujo a pluma para ilustrar un cuento de una revista. Los pintores jóvenes deben allanarse el camino del Arte ilustrando los cuentos que los jóvenes escriben para las revistas, a fin de facilitarse el camino a la Literatura.

Mientras Sue bosquejaba unos elegantes pantalones de montar sobre la figura del protagonista del cuento, un vaquero de Idaho, oyó un leve rumor que se repitió varias veces. Se acercó rápidamente a la cabecera de la cama.

Los ojos de Johnsy estaban muy abiertos. Miraba la ventana y contaba… contaba al revés.

-Doce -dijo. Y poco después agregó-. Once -y luego-: diez… nueve… ocho… siete… -casi juntos.

Sue miró, solícita, por la ventana. ¿Qué se podía contar allí? Apenas se veía un patio desnudo y desolado y el lado sin pintar de la casa de ladrillos situada a siete metros de distancia. Una enredadera de hiedra vieja, muy vieja, nudosa, de raíces podridas, trepaba hasta la mitad de la pared. El frío soplo del otoño le había arrancado las hojas y sus escuálidas ramas se aferraban, casi peladas, a los desmoronados ladrillos.

-¿Qué sucede, querida? -preguntó Sue.

-Seis -dijo Johnsy, casi en un susurro-. Ahora están cayendo con más rapidez. Hace tres días había casi un centenar. Contarlas me hacía doler la cabeza. Pero ahora me resulta fácil. Ahí va otra. Ahora apenas quedan cinco.

-¿Cinco qué, querida? Díselo a tu Susie.

-Hojas. Sobre la enredadera de hiedra. Cuando caiga la última hoja también me iré yo. Lo sé desde hace tres días. ¿No te lo dijo el médico?

-¡Oh, nunca oí disparate semejante! -se quejó Sue, con soberbio desdén-. ¿Qué tienen que ver las hojas de una vieja enredadera con tu salud? ¡Y tú le tenías tanto cariño a esa planta, niña mala! ¡No seas tontita! Pero si el médico me dijo esta mañana que tus probabilidades de reponerte muy pronto eran -veamos, sus palabras exactas -… ¡de diez contra una! ¡Es una probabilidad casi tan sólida como la que tenemos en Nueva York cuando viajamos en tranvía o pasamos a pie junto a un edificio nuevo! Ahora, trata de tomar un poco de caldo y deja que Susie vuelva a su dibujo, para seducir al director de la revista y así comprar oporto para su niña enferma y unas costillas de cerdo para ella misma.

-No necesitas comprar más vino -dijo Johnsy, con los ojos fijos más allá de la ventana-. Ahí cae otra. No, no quiero caldo. Sólo quedan cuatro. Quiero ver cómo cae la última antes de anochecer. Entonces también yo me iré.


-Mi querida Johnsy -dijo Sue, inclinándose sobre ella-. ¿Me prometes cerrar los ojos y no mirar por la ventana hasta que yo haya concluido mi dibujo? Tengo que entregar esos trabajos mañana. Necesito luz: de lo contrario, oscurecería demasiado los tintes.

-¿No podrías dibujar en el otro cuarto? – preguntó Johnsy, con frialdad.

-Prefiero estar a tu lado -dijo Sue-. Además, no quiero que sigas mirando esas estúpidas hojas de la enredadera.

-Apenas hayas terminado, dímelo -pidió Johnsy cerrando los ojos y tendiéndose, quieta y blanca, como una estatua caída-. Porque quiero ver caer la última hoja. Estoy cansada de esperar . Estoy cansada de pensar. Quiero abandonarlo todo, e irme navegando hacia abajo, como una de esas pobres hojas fatigadas.

-Procura dormir -dijo Sue-. Debo llamar a Behrman para que me sirva de modelo a fin de dibujar al viejo minero ermitaño. Volveré inmediatamente. No intentes moverte hasta que yo vuelva.

El viejo Behrman era un pintor que vivía en el piso bajo. Tenía más de sesenta años y la barba de un Moisés de Miguel Ángel, que bajaba, enroscándose, desde su cabeza de sátiro hasta su tronco de duende. Era un fracaso como pintor. Durante cuarenta años había esgrimido el pincel, sin haberse acercado siquiera lo suficiente al arte. Siempre se disponía a pintar su obra maestra, pero no la había iniciado todavía. Durante muchos años no había pintado nada, salvo, de vez en cuando, algún mamarracho comercial o publicitario. Ganaba unos dólares sirviendo de modelo a los pintores jóvenes de la colonia que no podían pagar un modelo profesional. Bebía ginebra inmoderadamente y seguía hablando de su futura obra maestra. Por lo demás, era un viejecito feroz, que se mofaba violentamente de la suavidad ajena, y se consideraba algo así como un guardián destinado a proteger a las dos jóvenes pintoras del piso de arriba.

En su guarida mal iluminada, Behrman olía marcadamente a nebrina. En un rincón había un lienzo en blanco colocado sobre un caballete, que esperaba desde hace veinticinco años el primer trazo de su obra maestra. Sue le contó la divagación de Johnsy y le confesó sus temores de que su amiga, liviana y frágil como una hoja, se desprendiera también de la tierra cuando se debilitara el leve vínculo que la unía a la vida.

El viejo Behrman, con los ojos enrojecidos y llorando a mares, expresó con sus gritos el desprecio y la risa que le inspiraban tan estúpidas fantasías.

-¡Was! -gritó-. ¿Hay en el mundo gente que cometa la estupidez de morirse porque hojas caen de una maldita enredadera? Nunca oí semejante cosa. No, yo no serviré de modelo para ese badulaque de ermitaño. ¿Cómo permite usted que se le ocurra a ella semejante imbecilidad? ¡Pobre señorita Johnsy!

-Está muy enferma y muy débil -dijo Sue-, y la fiebre la ha vuelto morbosa y le ha llenado la cabeza de extrañas fantasías. Está bien, señor Behrman. Si no quiere servirme de modelo, no lo haga. Pero debo decirle que usted me parece un horrible viejo… ¡un viejo charlatán!

-¡Se ve que usted es sólo una mujer! -aulló Behrman-. ¿Quién dijo que no le serviré de modelo? Vamos. Iré con usted. Desde hace media hora estoy tratando de decirle que le voy a servir de modelo. ¡Gott! Este no es un lugar adecuado para que esté en su cama de enferma una persona tan buena como la señorita Johnsy. Algún día, pintaré una obra maestra y todos nos iremos de aquí. ¡Gott!, ya lo creo que nos iremos.

Johnsy dormía cuando subieron. Sue bajó la persiana y le hizo señas a Behrman para pasar a la otra habitación. Allí se asomaron a la ventana y contemplaron con temor la enredadera. Luego se miraron sin hablar. Caía una lluvia insistente y fría , mezclada con nieve. Behrman, en su vieja camisa azul, se sentó como minero ermitaño sobre una olla invertida.

Cuando Sue despertó a la mañana siguiente, después de haber dormido sólo una hora, vio que Johnsy miraba fijamente, con aire apagado y los ojos muy abiertos, la persiana verde corrida.

-¡Levántala! Quiero ver -ordenó la enferma, en voz baja.

Con lasitud, Sue obedeció.

Pero después de la violenta lluvia y de las salvajes ráfagas de viento que duraron toda esa larga noche, aún pendía, contra la pared de ladrillo, una hoja de hiedra. Era la última.

Conservaba todavía el color verde oscuro cerca del tallo, pero sus bordes dentados estaban teñidos con el amarillo de la desintegración y la putrefacción. Colgaba valerosamente de una rama a unos siete metros del suelo.

-Es la última -dijo Johnsy-. Yo estaba segura de que caería durante la noche. Oía el viento. Caerá hoy y al mismo tiempo moriré yo.

-¡Querida, querida! -dijo Sue, apoyando contra la almohada su agotado rostro-. Piensa en mí si no quieres pensar en ti misma. ¿Qué haría yo?

Pero Johnsy no respondió. Lo más solitario que hay en el mundo es un alma que se prepara a emprender ese viaje misterioso y lejano. La imaginación parecía adueñarse de ella con más vigor a medida que se aflojaban, uno por uno, los lazos que la ligaban a la amistad y a la tierra.

Transcurrió el día, y cuando empezó a anochecer ambas pudieron aún distinguir entre las sombras la solitaria hoja de hiedra adherida a su tallo, contra la pared. Luego, cuando llegó la noche, el viento norte volvió a zumbar con violencia mientras la lluvia seguía martillando las ventanas y los bajos aleros holandeses.

Al día siguiente, cuando hubo suficiente claridad, la despiadada Johnsy ordenó que levantaran la persiana. La hoja aún seguía allí. Johnsy se quedó tendida largo tiempo, mirándola. Y luego llamó a Sue, que estaba revolviendo su caldo de gallina sobre el hornillo.

-He sido una mala muchacha, Susie -dijo-. Algo ha hecho que esa última hoja se quedara allí, para probarme lo mala que fui. Es un pecado querer morir. Ahora, puedes traerme un poco de caldo y de leche, con algo de oporto y… no; tráeme antes un espejo. Luego ponme detrás unas almohadas y me sentaré y te miraré cocinar.

Una hora después, Johnsy dijo:

-Susie, confío en que algún día podré pintar la bahía de Nápoles.

Por la tarde acudió el médico y Sue encontró un pretexto para seguirlo al comedor cuando salía.

-Hay buenas probabilidades -dijo el médico, tomando en la suya la mano delgada y temblorosa de Sue-. Cuidándola bien, usted la salvará. Y ahora tengo que ver a otro enfermo en el piso bajo. Es un tal Behrman… un artista, según parece. Otro caso de neumonía. Es un hombre viejo y débil y el acceso es agudo. No hay esperanzas de salvarlo; pero hoy lo llevan al hospital para que esté más cómodo.

Al día siguiente el médico le dijo a Sue:

-Su amiga está fuera de peligro. Usted ha vencido. Alimentación y cuidados, ahora. Eso es todo.

Y esa tarde Sue se acercó a la cama donde Johnsy, muy contenta, tejía una bufanda de lana muy azul y muy inútil, y la ciñó con el brazo, rodeando hasta las almohadas.

-Tengo que decirte una cosa -dijo-. Hoy murió de neumonía en el hospital el señor Behrman. Sólo estuvo enfermo dos días. El mayordomo lo encontró en la mañana del primer día en su cuarto, impotente de dolor. Tenía los zapatos y la ropa empapados y fríos. No pudieron comprender dónde había pasado una noche tan horrible. Luego encontraron una linterna encendida aún, y una escalera que Behrman había sacado de su lugar y algunos pinceles dispersos y una paleta con una mezcla de verde y amarillo… y… Mira la ventana, querida, observa esa última hoja de hiedra que está sobre la pared ¿No es extraño que no se moviera ni agitara al soplar el viento? ¡Ah, querida! Es la obra maestra de Behrman: la pintó allí la noche en que cayó la última hoja.

Página siguiente »

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.