¡Qué difícil elección!

Estándar

Elegir.


Desde qué ropa ponernos, hasta lo que deseamos para nuestro futuro, pasando por miles de situaciones simples y complejas, todo implica una elección. En la vida, no tenemos otra opción que elegir. Incluso cuando buscamos otra alternativa, la de no elegir, estamos escogiendo, y pretendiendo no hacerlo.

Una elección implica dos cosas: tomar algo, y descartar otra(s) cosas. Tomar un sendero, abandonar otros miles. Escoger un vestido, desechar otro centenares. Es esta palabra, descartar-desechar-abandonar que crea una sensación de vacío, que conduce a la elección a convertirse en una situación complicada y estresante. No ingresaré, de momento, a la problemática que conlleva pensar en las consecuencias (otro día…)

Si el problema de la elección se redujese sólo a querer abarcar todos los caminos, imaginemos esto: imaginemos que pudiésemos tener todo a nuestro alcance, TODO: nuestros sueños, nuestras esperanzas, nuestras metas, nuestros objetivos, nuestro éxito profesional, nuestro espacio de ocio, nuestros seres queridos, nuestro jardín, nuestra ciudad, los paisajes que queremos disfrutar…TODO, todo aquí y ahora. Todo. Se supone deberíamos ser felices por no tener que elegir entre uno u otro, pero…¿qué hacer primero? ¿qué hacer después? Es evidente, elegir, la toma de decisiones, es un hecho de nunca acabar.


Al fin y al cabo uno siempre escoge quedarse con algo, y abandonar otra cosa. Tarde o temprano, uno se da cuenta de que los caminos se dividen en miles y miles de ramales, y que muchos se contradicen entre sí. Muy alejados unos de otros, no podemos ir y venir fácilmente, y entonces sólo queda encaminar nuestras pisadas hacia una sola dirección, de las múltiples existentes. Es entonces, cuando una figura etérea con vestiduras de incertidumbre nos alcanza y regala una duda; antes de que nos diésemos cuenta de su presencia y la ofrenda, la llevamos con nosotros y cargamos con el peso de inquietud de saber qué hubiera sido de nosotros y el mundo de haber escogido otro sendero, la duda de saber si el camino elegido es el correcto (si es que hubiese uno correcto), si es que no hay una mejor ruta. Y entonces, nuevamente, a reflexionar, a elegir. ¿Seguir este camino, o abandonarlo? ¿Abandonar los otros caminos, o tomar alguno de ellos? ¿Ignorarlos, o transitarlos?…

No, no… podríamos pasar nuestra vida entera midiendo cuál sería el correcto, y en realidad no lo hay. No existe ninguno, porque lo vamos creando, no está fijo, se mueve, se dispersa, coalisiona con otros, se transforma, se nutre, se deshace, se vuelve a hacer, se hace suave, después rugoso, luego blanco, y salmón, más tarde es volátil, y cuando nos damos cuenta, se hace pesado. Todo cambia, continuamente, y medir y calcular estando uno estancado, quieto, sin mover un pie hacia adelante, es el verdadero camino incorrecto. Elegir es difícil, es terrible, es atemorizante (y necesario, e inevitable), pero no por ello debemos tomar “todas las precauciones posibles, probables, potenciales y especulativas”, porque no las hallaremos todas y pasaríamos nuestra vida entera vegetando en una silla pensando y pensando, y midiendo y calculando, y veríamos que al que creíamos azulado, ahora se volvió verde, o esperen, naranja. La reflexión previa a una elección es sumamente necesaria, pero la acción es igual de imprescindible. El tiempo transcurre, las hojas se mueven, las olas también… nosotros habremos de hacer lo mismo. Elegir. Caminar. Equivocarnos. Reflexionar. Elegir. Caminar. Modificar nuestra percepción. Reflexionar. Elegir. Caminar. Y así…

Elegir elegir es una difícil elección, y escoger caminar, es aún más terrible. Pero no es un tablero de ajedrez, sino la Vida, y ella es versátil y libre como los antílopes, que saltan y saltan y corren libres, y miran, y se detienen, y corren y saltan. Reflexionar. Elegir. Caminar. Y después, lo que requiera nuestra mente, corazón y alma. Pero han de estar unidas, fundidas, estas tres palabras.

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