Noche de sabor chocolate y frambuesa

Estándar

Mil veces y más me he detenido en una vidriera tan sólo a pensar, me he cobijado del miedo en una plaza, me he desahogado en una charla, en suspiros, mil lágrimas; he escapado de la muerte en un grito, me he sentido sola y acompañada.

Hoy he hecho todo eso. He llorado, escapado de la muerte, me he desahogado en charlas y suspiros, más tarde me detuve a pensar en una vidriera, y ahora me cobijo del miedo o el aturdimiento en una plaza, y durante todo el día me he sentido sola y acompañada. A veces, porque no había nadie físicamente a mi lado, pero yo les sentía igual; otras, estando acompañada me he sentido incomprendida, ergo, sola.

Es de noche y me sienta extraño que un ave de color terroso se ande revoloteando de árbol en árbol, cuando se parece en nada a un ave nocturna, como las lechuzas de pluma de tela de la cual alguna vez con un amigo hemos hablado. Veo la luna entre los graciosos y despeinados cabellos de una palmera que se alza simpática frente al banco de madera en el que me encuentro, o estoy. No sé aún si me encuentro, tal vez a eso vine, a encontrarme conmigo. Debe ser que sí, porque al venir sentía que buscaba algo o esperaba a alguien, y al llegar no sentí ningún vacío.

Hoy, como hacía tanto que no hacía, me miré detenidamente al espejo, no para ver si mi cabello o mis ropas iban bien, sino para verme, para decirme “hola”, e intentar reconciliarme. Saludo a todos, todos los días, menos a mí misma, y mí misma a veces se enoja por ello, y nos enojamos. Hemos llegado a andar meses enojadas, pero claro, como no nos gusta que se note nuestro enojo, no lo hacemos evidente, salvo que andemos con ese humor de perros de despertar con el pie izquierdo justo en uno-de-esos-días que las mujeres sabemos una vez al mes. Es en esos momentos, o gracias a esos momentos, en realidad, que nos reconciliamos porque nos gritamos y nos odiamos primero, y cuando hablamos sanamente luego, las heridas se diluyen un poco, y decidimos cooperar y creernos que somos una, lo que se derrumba pacientemente conforme pasa el tiempo, y conjuntamente atrae la problématica que es, claro, que no somos iguales, y a veces no nos toleramos. Es decir, sí, somos iguales, pero no lo somos. A veces nos podemos enlazar muy bien, sobretodo cuando se trata de los demás, que nos confunden (cosa que a veces genera un malestar y desencadena el humor del cual ya hablamos). Pero cuando hablamos entre nosotras es distinto, porque sabemos bien cómo va la cosa, y si una miente, la otra lo sabe, y saca a la luz. Finalmente alguien cede, rara vez lo hacemos las dos al mismo tiempo, y no siempre somos las dos. A veces, yo cedo, y ella sigue erguida y esbelta, haciéndose la indiferente e intenta humillarme. Yo a veces me dejo humillar, porque siento que soy menos, pero ahora sé que no lo soy, y que todas esas cosas que ella odia de mí son las que me hacen ser yo, y que la soberbia y el monstruosismo no es más que un miedo encarnado. Pero no se lo he dicho con suficiente voz, por miedo a que lo escuche y lo tome a mal, porque no sé cómo se desmoronan las personas soberbias y monstruo, pero verle con el disfraz caído duele, porque se les nota en la cara todo el miedo plasmado como una gran pintura escrita en todo su cielo y su mundo, y ellas sienten que se humillan y son débiles, cuando lo que buscan es ser impenetrables y fuertes, y se prohíben determinantemente lo contrario. Pero la verdad es que sí son débiles, pero no por eso menos bellas, menos admirables… pero no, no lo consienten, no lo creen así, se creen una posible pintura sin dobleces ni revés, sin manchas más de las previstas; una obra completa y terminada, que puede andar a su manera siempre y sin interrupción. A mí me gustan las fiestas de disfraces, pero estas se dan de cuando en cuando; y es cierto que a veces, una máscara en la cara hace bien, pero no todos los días. Una termina confundida y aturdida sin saber cuál es la máscara y cuál la piel real.

Durante mucho tiempo ambas dormimos y una-aún-sin-nombre nos remplaza. Entonces, en su amargura real vive una felicidad de mentira. Cuando alguna de las dos despierta, las cosas empiezan mal, pero con esperanzas de mejorar. Aunque la primera vez que ella despertó hizo estragos, es cierto, pero al final, acá andamos, yo también me he mandado las mías, pero acá seguimos, tirando, como siempre. Como hoy mismo, que hemos llorado, escapado de la muerte en un grito, desahogado entre charlas y suspiros, deteniéndonos a pensar en una vidriera, cobijándonos del aturdimiento en esta plaza, donde hoy tuvimos cita sin saberlo, y nos encontramos, entre palabras, claro, aunque quien más hablé fui yo, como habrán notado. No hablamos mucho, o en realidad, no hablamos pensando en llegar hacia algún sitio, sólo hablamos. Y fue muy lindo, porque hablar por hablar ayuda a conocerse, una se entera de las temáticas que a la otra le interesan, sus enfoques, los gustos. Además, suena amistoso. Creo que nunca habíamos tenido una charla amistosa porque sí, siempre había necesidad de que alguna estuviese mal de ánimos. Pero hoy es distinto, y quién sabe, tal vez aprendamos a entretejernos de forma tal que no nos odiemos, que nos aceptemos como la luz y la oscuridad, como los pescaditos del ying y el yang, quién sabe… Tal vez ella piense en esas últimas dos palabras como una gran pregunta, por mi parte, he disfrutado tantísimo del momento y eso sólo era una de esas muletillas que me suelen acompañar. Hay tres perritos en la plaza, son los tres de manto negro y patitas de nieve algodón. ¡Ah! Ahí va otro más, pero este es todo azabache. Y ahí va corriendo a alcanzarles. Y ahora parece que van todos de cacería de ruedas de autos, a ellos les encanta eso. Delirio es genial, será que ella fue quien me despertó con sus pescaditos voladores y mariposas de colores. Como sea, hoy ha sido un día floreado con sabor a chocolate y frambuesa, y eso a todos sienta bien. Espero también tengan un día pleno de sabores chocolate, frambuesa y miel.

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