Igual, quería escribir

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Sí. Igual, quería escribir.

Porque sé,que estoy hecha de palabras, de letras, de música.
Por eso quería escribir.

¿Te acordás todas las pesadillas aquellas? No sé, tal vez tenían algún sentido. Tal vez ESTE era el sentido. O tal vez no, tal vez esto, fue obra de la hermana de aquel joven de ojos negros y cabello despeinado… que si vamos a lo que es, no era tan joven, tendría una… ¿eternidad? Sí, debe ser. Por suerte, su hermana menor y yo siempre nos quedamos charlando, y ella es casi como la mía, casi como Wilkinlén… Nos llevamos bien las tres. A todas nos gustan las mariposas y los peces de colores. Por supuesto, todas tenemos nuestras GRANDÍSIMAS DIFERENCIAS. Pero eso no nos importa. Eso NUNCA importa. Las diferencias son lo único que hacen posible el flujo de la vida y el movimiento del mundo. ¿Por qué, el agua, se mueve en corrientes? Pues, por el sólo hecho de la diferencia de temperatura. ¿Por qué se dan los tornados y los vientos? Por diferencias de presión. ¿Por qué vuela una mariposa por el aire? Porque, a diferencia del aire, puede desplazarse a voluntad. ¡Benditas sean las diferencias, por todos los dioses que en este mundo habitan! ¿Qué sería del mundo sin aire? Las personas no vivirían. ¿Qué sería del mundo sin las flores? Las personas no tendrían nada por lo que vivir.

Cuando se cae, como una estrella fugaz prematura, una ilusión al suelo y se hace un charco de lodo gris verdoso… la verdad, es que da un poco de asco. Hay que tomar el trapo y limpiarlo todo. El gris verdoso normalmente tiende a tener olores desagradables y, sobretodo, a romperte el alma y el corazón. Pero no sé a qué venía esto. No empecé este párrafo pensando en escribir lo del charco gris verdoso. Venía a otra cosa… (que no recuerdo). De cualquier manera, la cuestión, es que cayó hoy, otra estrella fugaz. Por suerte, para mí al menos, mis estrellas siguen ahí, en el cielo, intactas y hermosas. Espero verlas bajar al mundo en algún acontecimiento clave de mi vida. Aún no, por supuesto. Lo bueno está por llegar, como me lo anticipa mi intuición desde hace varios meses atrás. Lo sé. Me pregunto si será por mi Italia querida, si viene por ese lado… hoy la recordé, y recordé mis ganas de decirle un último adiós… porque lo había olvidado, bien digo: lo había olvidado. Y hoy lo recordé, tal vez porque necesito seguir cerrando puertas. O esperen, tal vez fue ayer que la recordé… Sí, fue ayer.

También pensaba en mí, en mi futuro. Pensaba que había cosas del ayer que amé y que amo con tanta pasión… y que las estaba dejando en un tercer plano. O en un octavo. Me estaba replanteando todo… Bueno, no. No me replanteaba todo. Pero sabía que tenía que hacerlo. Sé que tengo que hacerlo. En unos días estaré menos atareada, y entonces, tal vez pueda hacer un retiro espiritual, un campamento en soledad. No tengo cayado, pero tengo que elegir un camino, y sé que hoy es otro nuevo. Las puertas ya se están por abrir y yo todavía no sé ni cuántas hay, ni cuáles son, ni qué camino es el que me van a abrir, ni cuál el que debo tomar. Es bueno, es muy bueno. La incertidumbre por algo hermoso que llega, es maravillosa. Y ver la carita dormida de mi gatita, apoyada sobre el modem de internet, enchufado a la computadora sobre la que escribo ahora, es más maravilloso aún. ¿Qué sería de mí sin ella? 🙂 Sería todo tan distinto, tan diferente…

(Sus orejas se aguzaron, creo que moví demasiado el teclado).

De cualquier manera, hablábamos de estrellas fugaces. Hoy pensaba (y ahora sí, fue hoy), que tal vez, después de todo, realmente sí crea: las estrellas son seres vivos. Sino, ¿por qué nacen, crecen, se reproducen y mueren? Puede que sean seres más bien solitarios, muy solitarios. Pero no por eso, dejan de tener vida. Después de todo, cumplen con la condición de ser vivo. Noches atrás, vi la película “Sueño de una noche de verano”, basado en la comedia (una de las pocas) de Shakespeare. (Dato interesante: como era una comedia, se suponía que nadie podía morir. Así que nuestro querido Shakespeare se las ingenió para matar personajes sin matarlos: una obra dentro de otra obra de teatro; era en la obra contenida donde morían los personajes, ¡jajaja!). En dicha película (ahora mi gatita, Chia, se levantó de su asiento sobre el pad del mouse y se vino a mis piernas), las hadas se convertían en estrellas. J. R. R. Tolkien habla de los elfos (que, según algunas versiones, son lo mismo que las hadas), como el “pueblo de las estrellas”… Me pregunto si algún día seré alguna de ellas… Cuando era chica, creía que mi maestra de catequesis era quien, cada noche, se subía a una silla y colgaba el manto oscuro del cielo. Tenía agujeritos: esos eran las estrellas. También creía muchas otras cosas, cosas que, si fueran reales, serían realmente reales. Y no, no es una cuestión de juego de palabras ni de redundancia sin motivo: creía que, alrededor del planeta Tierra, de una manera que yo no alcanzaba a imaginar, estaban todo aquello que imaginábamos: mundos paralelos con portales que se creaban a cada instante con cada nueva invención de nuestra mente: a eso me refería a que, si lo que creía, realmente era real.

De cualquier manera, llegó el señor del que les hablaba: el joven (no tan joven) de cabellos oscuros y despeinados. Me echa un polvo que alcanzo a entender que es arena, y me dice que es hora de dormir.

Hoy, nuevamente, nos despedimos Arhian y yo.
(¡Qué increíble! Hoy nos despedimos las dos!)

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