I-mail avejentado

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Se me complicó el alma, ¿sabe?. Por eso no le abrí la ventana aquel día. Ni lo hago ahora. Es que… se complicó. Usté sabe, a veces, las cosas no son como pensamos,y qué bueno que normalmente sea así. Recién le escribía esta carta, y se cayó el sistema, digo, se apagó la computadora de repente. No lo esperaba, y se me borró el imail que ahora estaba por mandarle. La computadora es así. Ella siempre va y viene sin aviso, como los jóvenes de hoy: se van sin avisar y vuelven a las seis de la mañana con la resaca de una copa rota y la diversión superflua de algo que llaman relación pero que en realidad son instantes fugaces en los que comparten y construyen nada. ¿Ve? También pensaba un poco en eso.

Pero en realidad, hablaba de otra cosa, hablaba de la estupidez de hoy, que ya traspasa los límites del infinito. Por supuesto, no olvidé que el infinito no tiene límites, no crea usté que tengo yo amnesia ni que digo lo que digo porque esté vieja, ¿eh?. Sólo por decir un chiste. A veces, uno se cuenta chistes a sí mismo, a ver si se saca una sonrisa. Pero creo que todo lo que voy a sacarme hoy va a ser un bostezo y la ropa, para ponerme el pijama, ya sabe. Son las diez de la noche y la cama llama, una ya no tiene la fuerza de antes y precisa descansar recién entrada la noche.

También se me borró una fábula. Una que me contaron hace tiempo, cuando la necesitaba. La estaba re-escribiendo, porque resulta que el interné este, que dicen que tiene de todo, no tiene lo que yo busco. Nada de lo verdadero que busco.

Creí encontrarte. Me equivoqué. Habrá sido un gorrión que se asomó. Estaba justo por decirte “hola”.
Continuemos.

Le contaba que se me complicó el alma. Y verá usté por qué: cuando era chica… No, no. Era broma, no voy a volver a contarle el cuento de la buena pipa. Hoy no. Sucede que a veces nos astillamos el alma, y necesitamos un tiempo para reflexionar. No hay necesidad de curar nada, sólo es cuestión de crecer un poquito más. Y no es que se me esté complicando dar el estirón, para nada, para nada. Me estoy sorprendiendo de la velocidad con que he crecido y puedo crecer. Creí que iba a ser distinto. Creí que sería como siempre. Y fue diferente. Mejor así.

¿Le conté? Estaba buscando una fábula. ¿Qué dice? Ah, bueno, puede ser. A veces me pasa, pero no quise volver a contarle, o tal vez sí. Una linda fábula, ¿sabe? En el próximo post se la voy a mostrar. Habla del tiempo, de la desesperación y el sosiego. Habla de algo que necesitamos siempre, y a veces también. Pero ahora… Justo ahora se me ahogan las palabras. Sé ve que es viernes, y es tarde. Mejor voy a descansar. Voy a intentar dejar de pensar por unos segundos, no sea que…

Te fuiste, gorrión. Ahora te fuiste vos. Me había alegrado mucho tu llegada: no eras quien esperaba con tanta ansiedad, pero te necesitaba en el corazón. Bueno, supongo que vos también tenés cosas que hacer, ¿no?.

Bueno, me estaba despidiendo, pero no quiero irme. Ahora no. No sé qué pase allá, si me podré dormir cuando apoye la cabeza en mi cama. A lo mejor me despierto de súbito y ya es tarde. La obra de teatro ya empezó. Pero bueno, supongo que no, supongo que nada. Supongo que suponer mata y que debería dejar de suponer. Así que, en serio, me voy a dormir. Le dejo ahí, apoyado en su instrumento, como si se fuese a caer. Se lo ve bonito, sepa usté. Pero tan lejos… como siempre, ¿no?

Basta ya de hablar pavadas, que me va a reboliar con algo pa’ que me calle.
Que tenga buenas noches, que tenga.

Que la tenga yo también, yo también.
Adiós. Y hasta luego.

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