“Esto también pasará”

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En el post anterior, hablaba de una fábula que estaba re-escribiendo y que, al apagarse repentinamente la computadora, se borró. Es una fábula que me ayudó en una época de crisis, allá por mi adolescencia. Quisiera compartirla lo más semejante a como me la contaron, porque las versiones que encontré en la web son muy diversas y no me llegan tan profundo como cuando me la contaron a mí. Espero les guste y, por supuesto, les sirva como aprendizaje en su vida, así como lo fue en la mía. ¡Salud!

Hubo una vez un rey, muy querido por su pueblo, pero que tenía un terrible problema: no lograba dominar sus estados de ánimo. Sucedía que, en momentos de euforia, mandaba a celebrar grandes banquetes, doblaba la ración de los alimentos para todos sus sirvientes, perdonaba a los condenados a muerte y se paseaba con una sonrisa por las calles de su reino saludando con calidez a todo quien veía. Pero cuando estaba triste y desesperado, prohibía la celebración de banquetes, disminuía la ración de alimentos para todos sus súbditos, maltrataba a todo ser que con él se topase y condenaba a muerte incluso a aquellos que habían cometido un delito menor. Debido a esto, el descontento de su reino iba en aumento y, por supuesto, esto le preocupaba.

Mandó, entonces, a llamar a todos los eruditos de su corte para que le dieran alguna solución. Los eruditos, buscaron en sus grandes y pesados libros durante meses, y no hallaron nada. Filosofaron durante mucho tiempo, y no encontraron solución al problema. Entonces, el rey mandó a llamar a sabios de otro reinos; astrólogos, alquimistas, curanderos y todo aquel que pudiese ayudarle. Los astrólogos le dijeron que las estrellas no lograban comunicarle un mensaje concreto, pero que tal vez pudiera deberse a su destino; los alquimistas le dieron ciertas pociones mágicas que, aseguraron, permitiría al rey tomar las decisiones correctas; los curanderos buscaron hierbas medicinales especiales para el alma y, junto con oraciones y rituales, intentaron darle solución al asunto. Sin embargo, ninguno lograba apaciguar el desequilibrio anímico del rey.

Fue entonces cuando, un día, un campesino se acercó a las puertas del palacio a la voz de que él tenía el remedio para la enfermedad que atañía al soberano. Los guardianes del palacio se le burlaron de él, pero debieron hacer el pedido de audiencia tal y como el protocolo lo establecía. Los sabios, al enterarse, también se rieron por sus adentros, mas el rey, ante su desesperación, decidió escucharlo igual.

Al cabo de un tiempo, todos en el reino notaron que había un cambio en el rey. Ya no modificaba sus acciones al anotojo de su ánimo, sino que actuaba con tranquilidad y coherencia. Y cuando alguien le preguntaba cómo lo había logrado, él decía “es gracias al anillo que me dio el campesino y la inscripción que tiene”.

Entonces, los sabios le preguntaron si acaso, se trataba de alguna inscripción filosófica escrita por antiguos pensadores. Pero el campesino apenas sí sabía leer, por lo que eso no era posible. Los astrólogos, indagaron si en ese anillo estaba escrito el futuro y cómo debía actual. Pero el rey contestó que el campesino no sabía leer las estrellas, que no tenía que ver con su futuro. Los curanderos quisieron saber si estas palabras eran oraciones especiales. Pero el rey respondió que lo que allí había era un frase sencilla y vulgar. Los alquimistas, pensaron que tal vez tuviese que ver con algún material especial, fusión de dos poderosas materias, con las que estaba hecha la inscripción del anillo. Pero el rey les dijo que había sido inscripto como cualquier otro anillo, en una herrería convencional. Entonces, todos preguntaron a qué se debía ese cambio, cómo lo había logrado.

El rey, se decidió a contar su secreto. “El anillo tiene una inscripción que debe ser leída tanto en momentos de euforia como en momentos de desdicha y desesperación” dijo. El anillo dice “esto también pasará”.

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