El tiempo y sus hojas, ¡otra vez!

Estándar

¡Cuánto tiempo! ¿no?
Lo he tenido que dejar pasar, porque las palabras últimamente se borran antes de salir siquiera de mi cabeza. Concluyen en una bola pequeña, un punto, y se hacen imposibles de pronunciar o, incluso a veces… -la mayoría, en realidad-, ni siquiera sé bien de qué tratan.

Ahora estoy surfeando entre olas realmente poderosas. Siento cómo me golpean a cada instante, dejándome hecha un pez más que una humana… si hasta me están saliendo escamas, creo. Pero mi sistema respiratorio es el de siempre, y a veces pienso en dejarme vencer y caer al agua… Cuando, al fin, creí que existía la posibilidad, al menos, de que esta alternativa se borrase para siempre de entre mis opciones… héla otra vez, abrazándome… casi me impide avanzar… casi…

Y me pregunto: ¿ahora por qué?.

Cuando se vuela alto por las nubes, cuando se logra tocar las nubes, cuando el mundo te inunda de sabores y de amor… ¿cómo es posible que la caída sea una opción más que razonable, apenas disuadible después de mucho meditar?

Acabo de leer la última entrada, previa a esta. “Acrobacias en la cuerda floja”. ¿Quién diría, no? que la siguiente entrada hablara del decrecimiento de estatura… Bueno, bueno, es verdad: no es todo tan matemático. Estoy en un desliz, si no flexiono rápidamente las rodillas y las vuelvo a extender, puedo caer. Pero no es ese del todo mi punto aquí, hoy. El grano de hoy tiene que ver con cosas más profundas, más marinas. Remiten al non-tempo,  non-spazio. Van más allá de un combate. Se trata de la Vida misma.

Mirarse en los espejos con que nos encontramos a diario nos ayuda a vernos tal cual somos, tanto por similitud como por oposición. Ayer fue un día en que, por oposición, perdí todas mis buenas cartas y caí de rodillas dándome cuenta que estaba más desarmada de lo que jamás hubiera imaginado. El problema no reside en ello en sí. El problema está en que yo me creía más armada: un rompecabezas con bastantes piezas establecidas ya en sus lugares. Y ahora noto que unas cincueta y cuatro mil piezas que están colocadas, están mal. ¿Y qué hago?

[siento las olas romperse sobre mí]

Apenas gusto de oír las palabras dulces. Es el momento oportuno de pensar en orcos y trasgos, azotes y culpas. Tooodas esa energías que no van ni vienen: son estáticas. “¡Es el wyrm!” diría un ravno; y continuaría gritando “¡destruyamos ese wyrm!”.

Pobre energía estática y contenida. Aprisionada. Gastada. Sucia. Vencida. Rendida. Desilusionada. Desenamorada. Desvivida. Descocida. Deshecha.

Pobre ovillo, sin ganas de convertirse jamás en bufanda. Sin fuerzas.

Y alrededor, -y muy, muy en el interior del pecho- el amor que fluye por las venas y por cada rincón de aire. Siendo cada vez más apelmasado, agotado, agoviado, azotado… por las fuerzas de la angustia y el odio. Pero ¡no!. Que lo contrario del amor no es el odio. No anida tal emoción terrible en mí. Lo contrario del amor es el miedo, me lo dijo Cuatro Pesos de Propina, y yo le creo. Porque sé que es así.

Y entonces, el miedo. Nada nuevo para mí. ¡Es lo de siempre! ¡lo de siempre!

¿Alguna vez lo venceré del todo? ¿Vale la pena una lucha infinita contra algo que siempre vuelve?… Sí, vale la pena pero…

Ahora sí, ya me cansé de tropezar con esta maldita piedra una y otra vez. Ahora no, ya me cansé. Ahora no, ahora no, ahora no…

Ahora, sí, ahora. Me voy a dormir.

 

¡Salud!

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