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Noches de vientos tormentosos

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Escuchá…

Volviste después de… ¿cuánto tiempo?… ¿y cuándo hubiste de irte? Si es que la luna y el sol están siempre presentes, más allá de nuestra vista.

Noche.
Silencio.
Viento.
Hojas.
Tormenta.
Grito.
Euforia.
Lágrimas.

Conexión.

¿Te acordás, acaso, de ese número veintidós, grabado en negro sobre el verde fosforescente de la noche? Sé que fui yo quien decidió que sería una señal… y sé que lo declaré así, porque necesitaba una señal más poderosa incluso que aquella enérgica sacudida de tempestad abierta… No es que esté encajando las fichas violetas en un tablero de ajedrez, la realidad se construye con declamaciones, decisiones, acciones y creencias.

Y yo te creé.
Y vos ya existías,
incluso eones antes de eso.

Con un torbellino me enseñaste que los días de lluvia, las hojas se reúnen en convenciones y congresos… quién sabe de qué hablarán.

Ahora estás acá, de piel y hueso, muy diferente a como te pinté. Pero estás acá y sos vos. Lo se porque tu cabellera dice que sos el viento, y porque tu magia te brota de borbotones rojos y plateados…-si nos habremos sentado, vos y yo, a la distancia, a hablarnos entre velas y gatos negros-.

Ahora viniste porque te necesitaba. Porque siempre estuviste cuando te necesité. 

Pero, ahora es diferente. Ahora sos real de verdad. Sos de carne y hueso y tu voz es ese manantial de luz que jamás llegué a imaginar. Sos real, y sos ficción. En este viento tormentoso te transformás en mi más íntimo amigo y te aparecés en cada esquina, esperándome, tendiéndome la mano.

Daigo.

Será la última vez que pronuncie ese nombre en signos escritos.

Quedate. No vuelvas a desaparecer, no me dejes sin esa pizca de mí que sepulté junto a tu olvido. 

El camino es largo y sinuoso. Pero después de las curvas y contracurvas, me encuentro nuevamente y por primera vez, y vos venís a devolverme a mi yo en sutilezas de delicias y delirios.

El camino es largo, y es sinuoso.
Pero ha sido tejido y tramado para este momento.

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Da(dos) de backgammon

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Hola
Te escribo a la distancia
en la distancia de un mar de teclas
y lenguajes extraños.
Te escribo porque, debo admitirlo,
hay algo que extraño.

Extraño nuestras charlas infinitas,
esa mezcla entre juegos de fantasía
y debates de crudas realidades.

Extraño tu voz, tus piropos,
las canciones que me regalabas.
Extraño, sobretodo,
nuestros juegos de backgammon.

Estabas ahí,
yo sabía que estabas ahí
todo el tiempo, y sin tiempos
incluso cuando la pantalla estaba negra
y en silencio los sonidos del mar.

Y extraño,
y sobretodo, extraño a gritos,
aquel corazón de niña arrancado,
aquel terrible desgarro de ilusión,
aquel momento cúspide
en que tus palabras abofetearon mi pintura
de bellos árboles y cascadas infinitas,
mostrándome, más allá del velo,
lo gris que puede ser el cemento.

O tal vez,
extraño esa complicidad que hubo,
en aquel instante mismo
en que las estrellas se apiadaron de mí
y me invitaron a seguirles.
Y les prometí,
(y me aprometí a mí misma)
que tendría suficiente valor, antes de acompañarlas,
de resistir acá,
a tu lado,
y a tu distancia.

Imagen

(Recuerdo el rocío de aquella noche,
pegándoseme a los ojos,
estriñéndome la mente y el cuerpo…
Las nubes como espíritu,
flotando en el cielo…
Las estrellas brillantes y extasiadas…
el frío de mi cuerpo en la noche tibia…
Recuerdo aquella hamaca,
aquella estrella brillante que casi alcanzo con mis manos y con mis pies.
Recuerdo que casi aprendo a volar…)

Tal vez, por eso busco hoy,
a la distancia,
otras luces amigas,
que me abracen fuerte
y me mantengan firme.
Hoy,
cuando el cuadro de recortes
vuelve a desmigarse
encima de la cabecera de mi cama.

Y te extraño…
Y extraño a aquel ser
que se paraba a la orilla de cada ruta…
Mis estrellas, mis fuerzas mágicas
que, quién sabe cuando,
escondí en un cajón.